Planeta caliente. A reducir las emisiones o a esperar lo peor

Bien avanzada la madrugada del sábado 18 de noviembre, hace apenas una semana, terminó en Bonn, Alemania, la 23° cumbre de cambio climático de las Naciones Unidas (COP23).

Esto significa que ya entramos en la tercera década de discusiones (políticas, científicas, y una mezcla de ambas), mientras el calentamiento global y sus consecuencias se sienten cada vez más. Se trata de un asunto del que -sin melodrama- depende la continuidad de la especie humana y de tantas otras, y que involucra casi todos los aspectos de la vida (economía, trabajo, consumo, incluso deportes).

Las siguientes postales germanas dan cuenta del estado actual de un problema que crece sigilosamente e interpela al planeta entero.

1. El formulario
El documento que los delegados de casi 200 países aceptaron firmar para dar por concluida la reunión de Bonn contiene varios puntos técnicos relacionados con la implementación del Acuerdo de París, firmado con bombos y algún que otro platillo hace dos años, y que empezará a funcionar en 2020. Es aburrido y para especialistas, por eso cabe consignar apenas que tiene que ver principalmente con cómo cada país va a reducir sus emisiones de dióxido de carbono -el principal gas de efecto invernadero- de manera unilateral, pero consensuada y coordinada internacionalmente, para que no se aumente la temperatura hacia fines de siglo más de 2° (idealmente, 1,5°) respecto de la era preindustrial. Acotación: huracanes, inundaciones, olas de calor, derretimientos polares y demás fenómenos que se ven a lo largo del globo en la actualidad se deben a un aumento todavía inferior a un grado.

2.California soñadora
Arnold Schwarzenegger, ex gobernador de California elogiado por su política ambiental, aprovecha la fama de su Terminator y se autocita: «Los californianos eligieron un futuro de energías limpias y le dijeron ?Hasta la vista’ a las compañías carboníferas y a las petroleras».

El austríaco fue la cara visible de uno de los temas políticos más fuertes de la conferencia. Es que mientras el Estados Unidos oficial, el del presidente Donald Trump, se debatía entre su dureza habitual en la negociación y un único evento paralelo a favor de «usar bien» los combustibles fósiles y la energía nuclear (que fue interrumpido por activistas ante la pasividad de los guardias de la ONU), el Estados Unidos paralelo se mostró activo y llevó a las principales figuras que tiene: además de Schwarzenegger, Al Gore (el político-documentalista), Michael Bloomberg (ex gobernador de Nueva York que fue quien financió con millones las carpas para todo público que se anexaron al evento principal), además de gobernadores e intendentes y líderes de toda laya que suman unos 2500, según la página oficial de este gran grupo que se resiste al modo en que Trump, en un giro aislacionista, se retiró en junio del Acuerdo de París.

¿Una Cataluña verde en la Costa Oeste de los Estados Unidos? Sin llegar a los extremos ibéricos, al menos a efectos del cambio climático California funcionó como un país independiente, como si fuera un Estado nación, como si el gobierno de Trump no hubiera decidido dar el giro con el que retiró a Estados Unidos de uno de los desafíos más grandes de la humanidad. California buscó aliados para demostrar que «We are still in» (Aún estamos adentro, o seguimos participando), tal como se dio en llamar el colectivo. Y encontró esos apoyos básicamente en la otra costa del país norteamericano.

3. Una silla para la otra mitad
La amable mexicana Patricia Espinosa se sienta en la conferencia de prensa y habla con los (no demasiados) periodistas de habla hispana en la COP23. Secretaria de la ONU para cambio climático (sucedió en el cargo a otra mujer latina, la costarricense Christiana Figueres), Espinosa mira a los ojos de los periodistas que preguntan y responde todo. Desde luego, con la cautela imprescindible, dada su naturaleza diplomática. ¿Hay dos Estados Unidos, el federal contaminante y el de los estados pro clima? «La importancia de provincias y municipios se ve cada vez más en distintos países. Hubo aquí una cumbre de alcaldes y gobernadores, y vinieron muchísimos de distintos países. En el caso de Estados Unidos, hay además un componente de política interna que está claro y a nosotros no nos toca pronunciarnos al respecto», dijo.

Sin embargo, la misma Espinosa se mostró en varios actos públicos con el gobernador californiano Jerry Brown, incluso en el anuncio de la cumbre «no oficial» del clima que se hará en septiembre de 2018 en San Francisco, dos meses antes de la próxima COP oficial en una ciudad del sur de Polonia (Katowice). Pero, eso sí, todo tiene su límite: cuando el ex alcalde de Nueva York Bloomberg le pidió a la ONU que esa «mitad de Estados Unidos» tuviera una silla en las conversaciones, la respuesta fue no positiva.

4. Kyoto mon amour
En medio de Bonn se cumplieron 20 años del protocolo de Kyoto, primera aproximación al asunto de un acuerdo mundial contra el cambio climático, basado en la evidencia científica. El flamante secretario general de la ONU, el portugués António Guterres, saludó el aniversario con alborozo, remarcando su éxito como antecedente de París, pese a que Estados Unidos no lo ratificó y terminó deshilachándose, con otros países saliéndose de él. Esto obliga a volver al tema de los «dos Estados Unidos», porque la disputa que se vio en Bonn es bastante más que un asunto estrictamente doméstico norteamericano o un asunto de «demócratas versus republicanos».

La historia de estas 23 cumbres es la historia de cómo lograr que la primera potencia mundial se olvide un poco del american way of life (que lleva a consumir disparatadas cantidades de energía) y acepte encarar de manera global el tema de cambio climático. Con fórceps y mucha sutileza a la vez, se logró a fines de 2015 que se firmara el Acuerdo de París, que no obliga a los países a bajar sus emisiones contaminantes sino que invita a que cada uno las reduzca como mejor le parezca.

5. Es el dinero
Las palabras de Joydeep Gupta recuerdan a Liza Minelli cantando en Cabaret: «El dinero hace que el mundo gire, que el mundo gire. Un marco, un yen, un dólar, una libra; un dólar o una libra». Veterano de las negociaciones y director de Third Pole y del India Climate Dialogue, Gupta dice: «En algún momento todos advierten que en última instancia se trata de dinero, porque las soluciones al cambio climático están disponibles: sociológicas, antropológicas y tecnológicas, las soluciones están. El mundo sabe cómo hacerlo. Lo que dilata las negociaciones en definitiva es la plata», señaló.

No es poco dinero: se habla de cantidades de dinero en magnitudes difíciles de mensurar. En otro evento celebrado aquí, el economista sobre cambio climático Nicholas Stern -ex Banco Mundial- dijo que sólo las necesidades de infraestructura en América latina triplican o cuadruplican los 100.000 millones de dólares anuales que el mundo desarrollado comprometió desde la cumbre de Cancún 2010 para países en desarrollo (nunca se llegó siquiera a recaudar esa cifra y el fondo se diezma; con la salida de Estados Unidos se pierden 20.000 millones).

De modo que es eso, plata; y desde luego, defender el clima, que es el objetivo trazado como resultado de los informes científicos que relacionan catástrofe y quema de combustibles fósiles. Les hablé con el clima y me respondieron con el bolsillo, podría sintetizar Gupta.

6. ¿Estamos mejor o peor?
Ahora bien, en ese camino que ya lleva 23 años desde la cumbre de Río de Janeiro de 1992, ¿estamos mejor o peor? Nunca es fácil decirlo, en principio porque el clima es sensible a pequeñas variaciones. Los negociadores ven avances, y en realidad los hay. Sin embargo, el tema es si van a alcanzar para el tamaño de esfuerzo global que hace falta y los intereses que hay que tocar en el camino.

¿Se terminarán los autos a nafta, por ejemplo, y las explotaciones petroleras? Holanda y Noruega lo tienen planeado para 2025; Inglaterra, para 2040, y Francia seguiría sus pasos, por caso. China está evaluando en qué año lo hará, pero lo hará. Con todo lo raro y enrevesado que parece el camino, lo que se llama «descarbonización de la economía» ha comenzado.

Mark Lutes, jefe de la delegación de la WWF en Bonn, es de los que se permite cierto optimismo respecto de lo que sucedió concretamente en esta COP23. «Vimos progresos sustanciales en todo lo que se debe hacer antes de 2020 (cuando entra en vigor París) y respecto de comunidades locales, pero hay que escalar aún más los esfuerzos para que la temperatura se mantenga por debajo de los 1,5° de aumento», indicó. Además, se incorporó a las negociaciones la perspectiva de género y se incluyó a los pueblos indígenas (que son unos 370 millones de personas).

7. Los números no cierran
Sin embargo, muchos científicos son escépticos. Suman las proyecciones de los compromisos de reducción de emisiones de cada país y los números no dan: la temperatura seguiría aumentando (más de 3°, según un informe de Climate Action Tracker). Para peor, se conoció estos días un informe que indica que la concentración de gases de efecto invernadero (los más famosos son el dióxido de carbono y el metano, pero hay varios, relacionados con la actividad agropecuaria intensiva) es la mayor de los últimos 800.000 años. Dicho de otra manera, la humanidad -que como tal tiene como mucho unos 300.000 años- nunca tuvo que lidiar con algo así.

Para finales de 2017 habrá aumentado la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera después de tres años en los que se había mantenido estable, según un informe conocido aquí del Proyecto Global del Carbono (GCP, por sus siglas en inglés). «Todo apunta a un aumento continuo en 2018», se lamentó Robert Jackson, coautor del informe del GCP y profesor de la Universidad de Stanford (Estados Unidos). Lo bueno: algunos países redujeron emisiones incluso con crecimiento económico. Sí, se puede.

8. Una vacante
Además del dinero, hay mezcladas cuestiones geopolíticas, que es otra manera de hablar de dinero. Ante la deserción del Estados Unidos oficial, tres o cuatro bloques se disputan el liderazgo verde (ver recuadro). Además de California -que si fuera un país sería la sexta economía del mundo-, viene empujando la locomotora europea (fue notable que en Bonn estuvieran Angela Merkel y Emmanuel Macron). Además, y ya no tan sorpresivamente, China y la India, en parte empujados por las catastróficas situaciones ambientales de ciudades como Pekín y Nueva Delhi. «Es verdad que ambos países se mueven muy rápido hacia renovables, pero no sé si les alcanzará para ser líderes en la materia», evalúa Gupta. «Sí, sin dudas desde el punto de vista comercial: China le está vendiendo paneles solares a todo el mundo, en eso son campeones», agrega. Veremos si tiene el mismo éxito global con los autos eléctricos, que requieren más ingeniería y recursos mineros (por ejemplo, el litio que se extrae de América latina); y si deja de tener el privilegio de ser aún la nación que más carbón quema para generar electricidad a sus ciudades e industrias.

9. ¿Y por casa?
La Argentina, mal que le pese, no escapa a cierta realidad latinoamericana. Con la intuición de que el «regreso al mundo» puede darle réditos económicos, el país llegó a Bonn para mostrar la contribución nacional mejorada que había exhibido en Marrakech 2016 y captar fondos de agencias o gobiernos internacionales para infraestructura o renovación tecnológica. Sin embargo, según evalúa el mismo Climate Action Tracker, el compromiso de reducción de la Argentina continúa «altamente insuficiente».

«Hay una realidad y es que el país puede hacer más; es más, no veo imposible revisar los números de la Argentina antes de 2020, sobre todo por el potencial altísimo que ha mostrado en las licitaciones de energías renovables de los dos últimos años», indicó Enrique Maurtua, miembro de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), también con enorme experiencia en las cumbres climáticas. «Como sociedad civil queremos que la Argentina haga más porque queremos un futuro con cero emisiones», redondeó.

10. Coda
Y así sigue la historia: la bola gira y muchos de los 20.000 acreditados en Bonn volverán a verse las caras en Katowice dentro de un año. Y, en dos años, en Brasil. Por ahora, la lucha contra el cambio climático es un proyecto más incompleto que la modernidad.

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